Aquí estoy, Señor, ¿sabes?, llevo días en silencio. No hemos platicado, mi situación es dura y me he estado partiendo el corazón luchando sola, sin aceptar tu ayuda. He querido cambiar el cause del caudal formidable de este río con mis pequeñas fuerzas. He platicado sola, me he respondido sola y, en el fondo, me resisto a creer en tu infinito amor que es más grande que mi pobre miseria. Las ganas de luchar se escapan de mi vida, me falta el coraje, y me falta el arrojo, y me siento al borde de lo malo.
Estoy del otro lado, del lado de toda la miseria de este mundo, del lado del gemido, del rechinar de dientes. Estoy acá, Señor y sé que tú me miras y desde acá te digo que la vida, ni siquiera la muerte es cosa fácil. Haces falta, Señor, cómo hace falta tu luz en las honduras negras de este infierno sin ti. Y me duele gritarte con el sonido sordo del silencio y me duele golpearte con mi falta de fe.
Más tu sello indeleble me dice al oído que tú estás aquí, que en mi infierno apagado, donde muero de frío, tú te encuentras presente.
Colaboración de
Armida Santiago
México
